Establecer una entrevista con un paciente enfermo de
cáncer es un reto bastante comprometedor, no por el contenido sino, por la
interpretación que se le dará a los acontecimientos. Querer reconstruir la
historia desde otra boca de una manera en que se haga posible el no tergiversar
los contenidos en la entrevista generando y reseñando estrictamente lo que el
paciente quiere decir, fue para mí uno de los retos más grande.
María Isabel Isaza Duarte una paciente con una
enfermedad silenciosa pero letal como lo es el “cáncer”, en su rostro refleja
cansancio pero aun así, una gran sonrisa despoja de su rostro, dejando salir su
agonía en un profundo estornudo casi sin eco y tan seco como un árido desierto.
Cuando me le acerque y le sugerí que si
podía hacerle una entrevista me sonrió y con una voz casi quebradiza me
pregunta ¿qué quieres saber tú de mi? le dije quería hablar con ella y que me
alegraba mucho que me hubiese dicho que, ¡sí!
Postrada en su cama me pidió que le alzara la perilla
de la camilla, de tal manera que quedaría casi sentada, al levantarla para
ponerle una almohada, aquella que adornaba su cama, sentí su peso casi nulo
sobre mi mano; ella me sonrió.
Mientras le preguntaba su nombre y de dónde sacaba las
fuerzas para sostenerse con tal alegría y tranquilidad su enfermedad, vi que
sus ojos se inundaron y miro hacia al cielo o más bien aquel techo de paredes
blancas de aquella pieza de ese hogar pediátrico. Me menciono “solo la fuerza
otorgada por Dios; es esa fuente que me levanta”.
Mientras mostraba un rosario de color rosado que
sostuvo con su mano izquierda con tanto aferro; (así como un niño sostiene un
dulce).
Mis ojos se convirtieron en mar, mi voz quedó casi
quebrantada, pero yo debía ser valiente; pues junto a mi estaba una guerrera.
Mientras tanto ella siguió comentando que en su juventud se dedico a 55 años de
docencia desde “la letra con sangre entra” hasta la era del “modernismo”.
“Tantos años de lucha entre las aulas de clases y el
consumo de cigarrillo fue el causante de este cáncer de garganta” volvió a
toser mientras me pedía un vaso con agua y con un suspiro continuó. “Me di
cuenta que padecía de esta enfermedad porque mis sonidos respiratorios eran
anormales, expectoración con sangre, la dificultad en la deglución, ronquera que
no mejoraban, dolor en el cuello el oído, garganta y la continua pérdida de
peso fueron las señales de mi cuerpo, pero… “Yo solo pensaba que eran achaques
de la edad”. María Isabel Isaza Duarte nunca imaginó estar allí, pero aun así
agradece a Dios y la vida por la oportunidad que le otorgó. Hoy dice que si
deja este mundo se va feliz, de nuevo sonrió con aquella característica que
reflejo en cada entrevista.
Hoy ciento nostalgia de saber que esta mujer docente,
estricta, amante a la vida, de lo que hace y pudo hacer, se despedirá pronto de
este mundo. Pero siempre la recordare como aquella maestra que en grado primero
tres (1°3) me dio la bienvenida.